Carta a un amigo
CARTA A UN AMIGO
Por Dionisio Martos Medina
Querido amigo,
He vuelto hoy, casi sin proponérmelo, a ese territorio donde la historia
se disuelve y queda solo la palabra. No la palabra ruidosa de los
hombres, tan dada a cambiar de forma según sopla el viento, sino
esa otra, antigua y siempre nueva, que no envejece porque no pertenece del todo al tiempo. Hablo, como ya imaginas, del Evangelio.
Lo he pensado muchas veces, pero hoy lo he sentido con una claridad
distinta: el Evangelio no ha caminado con la historia, sino que ha pasado por encima de ella, como quien cruza un río sin mojarse. Han caído imperios, han mutado costumbres, han ardido revoluciones, algunas justas, otras vanidosas, y sin embargo, ese texto, tan breve y tan inmenso, ha permanecido en pie, con una serenidad que desconcierta.
Y entre todas esas revoluciones, hay una que siempre me ha parecido
la más delicada, la más difícil de comprender desde la óptica del mundo antiguo: la de la dignidad de la mujer.
Piénsalo conmigo. Cuando aquellos textos fueron escritos, hace ya cerca de dos mil años, la mujer vivía en los márgenes de la consideración social. No era sujeto, sino circunstancia; no era voz, sino eco. Y sin embargo, en medio de aquel paisaje áspero, el Evangelio
introduce algo que, visto con ojos de hoy, resulta casi subversivo.
Jesús no teoriza sobre la mujer: la mira, la escucha, la toca, la salva.
La mujer adúltera no es apedreada, sino defendida. La hija de Jairo no es olvidada, sino devuelta a la vida. La suegra de Pedro no es irrelevante, sino sanada. En Betania, una mujer, pecadora a los ojos
del mundo, no es rechazada, sino perdonada mientras besa unos piesque otros ni siquiera se atreven a mirar. La samaritana, extranjera y mujer, conversa con Él como pocos hombres lo hicieron jamás. Las hermanas de Lázaro no son figuras secundarias, sino amigas. Y en la hora más oscura, cuando la valentía escasea, son ellas las que
permanecen al pie de la Cruz.
Y aún más: cuando todo ha terminado, o eso creen, no se aparece primero a los poderosos, ni a los doctos, ni siquiera a los discípulos
más cercanos. Se aparece a una mujer. A María Magdalena.
Dime si esto no resulta asombroso para aquel tiempo.
Frente a esta realidad, otras tradiciones quedan inevitablemente en evidencia. No lo digo con ánimo de confrontación, sino con la serenidad
de quien compara textos y constata diferencias. Basta leer ciertos escritos, incluso algunos que pretendieron hacerse pasar por evangelios, para percibir hasta qué punto el mensaje original fue incomprendido o, peor aún, deformado.
Recuerdo ahora aquel pasaje del llamado evangelio de Tomás,
descubierto en Nag Hammadi en 1945. En su último dicho, el 114, se
desliza una idea que hoy nos resulta no solo inaceptable, sino
profundamente reveladora de una mentalidad: que la mujer, para alcanzar la plenitud, debe convertirse en varón. No hay aquí redención, sino negación.
Y entonces uno comprende mejor la magnitud del mensaje evangélico
auténtico: no exige a la mujer dejar de serlo para ser digna; la dignifica
precisamente en su ser.
Por eso te escribo hoy, sin ánimo de convencer, pero sí de compartir.
Porque en medio de este tiempo nuestro, tan sofisticado y, a veces,
tan confuso, donde la técnica avanza más deprisa que la verdad, donde la ingeniería genética, la astrofísica o la filosofía agnóstica pretenden explicarlo todo sin responder a lo esencial, sigo encontrando en el Evangelio una luz limpia, sin estridencias.
Y no es una luz cómoda. No halaga, no se adapta, no negocia con la tibieza. Pero ilumina.
Quizá por eso, a pesar de los hipócritas, de los falsos, de los que usan la palabra como máscara y el poder como refugio; a pesar de los
errores de los hombres, incluso de aquellos que dicen representarlo,
sigo ahí.
No por inercia, ni por costumbre.
Sino porque, cada vez que vuelvo a esas páginas, encuentro algo que no he visto en ningún otro lugar: una dignidad que no depende del tiempo, una verdad que no envejece, y una mirada, la de Cristo, que
sigue siendo, dos mil años después, inexplicablemente humana.
Y mientras esa luz siga encendida, querido amigo, seguiré creyendo.
Y seguiré siendo cristiano.
Un abrazo
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