Constitución, 50 aniversario: crónica de un reino cansado que aún recuerda su juramento
La constitución
Por Dionisio Martos
Hubo un tiempo en que España firmó un pacto casi milagroso consigo misma. No era sólo un texto en el BOE, ni una ceremonia de trajes oscuros y sonrisas tensas. Era un juramento colectivo: dejar atrás el miedo, renunciar a la venganza y levantar, sobre ruinas recientes, un edificio llamado Estado social y democrático de Derecho. A eso lo llamamos Constitución de 1978.
Durante décadas, muchos españoles pudieron, por fin, hacer algo tan sencillo y tan extraordinario como vivir sin que la política les arruinara la vida cada mañana: trabajo más o menos estable, sanidad para todos, escuela para los hijos, posibilidad de discrepar sin pagar con la cárcel. Las libertades respiraban, el país, entre torpezas y aciertos, avanzaba.
Pero todo pacto, hasta el más noble, corre el riesgo de ser olvidado por las generaciones que no conocieron la intemperie. El que nació al calor de la calefacción central y de la tarjeta sanitaria no sabe lo que es, de verdad, el frío. Y cuando uno no sabe lo que es el frío, empieza a jugar con el termostato como si fuera un juguete
Del Estado del bienestar al ciudadano agotado
El milagro del 78 fue convertir un país de austeridad por mandamiento en una sociedad donde lo básico dejó de ser un lujo: Atención primaria sanitaria 24 horas, escuelas llenas, pensiones no contributivas, ayudas a dependencia, autovías, ferrocarril de alta velocidad, servicios sociales, etc. No era el paraíso, pero sí un terreno firme donde apoyar los pies.
Sin embargo, el bienestar tiene su trampa. Cuando lo elemental está cubierto, el corazón humano pide más: “no sólo vivir, sino cómo vivir”.
Entonces las preguntas cambian:
Ya no son “¿podré comer el mes que viene?”, sino “¿por qué trabajo tanto para sostener un sistema que me exprime a impuestos, me ahoga en normas y apenas me escucha?”.
España se descubre, cumplido el 50 aniversario constitucional, como un reino cansado: lleno de servicios, pero corto de confianza; con hospitales, pero con listas de espera y profesionales extenuados; con escuelas, pero con padres desorientados; con leyes, pero con ciudadanos que miran al Parlamento como quien mira un teatro donde ya se sabe el final de la obra.
El Estado del bienestar, que debía ser un escudo al servicio del ciudadano, empieza a percibirse, para muchos, como una pesada armadura que les dificulta moverse. Y donde hay cansancio, siempre llega alguien a susurrar: “Yo te aliviaré… a cambio de que me lo entregues todo” “PELIGRO, EL MESÍAS YA ESTÁ AQUÍ, POPULISMO A TUTTI PLEN”
La zona muerta de Montesquieu
La Constitución dibujó un triángulo de equilibrio: un poder que legisla, otro que gobierna, otro que juzga. Tres vértices para que ninguno se creyera dios. Era la versión moderna de un viejo principio moral: el poder, sin límites, se vuelve peligroso para la persona.
Pero poco a poco, casi sin ruido de sables, los bordes de ese triángulo se han ido borrando.
El Ejecutivo gobierna a golpe de decreto como quien dispara ráfagas; el Legislativo, muchas veces, se reduce a notaría de lo ya decidido en los despachos; el Judicial se ve empujado a un combate que no debería ser el suyo, convertido en campo de batalla de cuotas, nombramientos y sospechas.
Montesquieu no ha muerto en los libros, pero su espíritu se ha ido apagando en la práctica. Lo que yo entiendo como “la zona muerta de Montesquieu” es precisamente esto: un país donde la forma de la separación de poderes se mantiene, pero la sustancia se desvanece. El ciudadano lo nota aunque no pueda explicarlo con tecnicismos: siente que vota, pero no decide; que la justicia existe, pero no siempre es ajena al poder; que las instituciones están, pero no están para él.
Y cuando el árbitro se percibe parcial, el partido deja de ser juego y se convierte en guerra.
El eco de Venezuela y el canto de las nuevas revoluciones
En este escenario de cansancio y desconfianza, los discursos neocomunistas, neorrevolucionarios o como queramos llamarlos, encuentran aire. Su melodía es seductora: hablan de justicia social, de acabar con privilegios, de “empoderar al pueblo”, de “democracia más auténtica”.
La historia reciente ya nos ha mostrado, sin embargo, cómo termina muchas veces esa canción. Venezuela es el espejo que a muchos incomoda mirar: una Constitución nueva, una Asamblea Constituyente presentada como panacea, un pueblo convocado a “refundar la patria”. Y, poco a poco, los contrapesos desaparecen, los medios se amordazan, los jueces se domestican, la economía se hunde, los que pueden huyen y los que no pueden se resignan.
No hace falta fusilar la vieja Constitución para matar su espíritu; basta con vaciarla desde dentro, disfrazar de “participación popular” lo que en realidad es concentración de poder, y quemar, en nombre del pueblo, todos los puentes de retorno.
Cuando oímos hablar, en cualquier país, de “procesos constituyentes” nacidos no del consenso sino de la polarización, cuando se promueve la idea de que la Constitución vigente es “un obstáculo” y no un hogar común mejorable, deberíamos sentir en la nuca el mismo escalofrío que sintieron nuestros padres y abuelos cuando escuchaban los tambores de otra época.
Año 60: ¿celebración o espejismo?
Camino del 60 aniversario, podemos imaginar dos escenarios simultáneos en la misma fotografía.
En la superficie, los actos solemnes: discursos en las Cortes, banderas, himnos, editoriales encendidos, homenajes a los padres de la Constitución, declaraciones de amor a la “ley de leyes”. Una nación que se mira al espejo, se recoloca el nudo de la corbata y dice: “Qué mayores hemos crecido”.
Bajo la superficie, sin embargo, otros movimientos:
- Un Estado cada vez más intervencionista,
- Una presión fiscal que asfixia al tejido productivo.
- Instituciones debilitadas.
- Un relato que divide al país en bandos irreconciliables,
- Y una ciudadanía que se siente más súbdita que protagonista.
Si no tenemos cuidado, el 51, 52, 53 … aniversario corre el riesgo de ser una fiesta en un edificio que ya está siendo apuntalado por dentro, mientras algunos, en la trastienda, miden dónde demoler para levantar su propia arquitectura de poder.
El dilema es sencillo y brutal:
¿queremos celebrar una Constitución viva, o despedir, con honores, a una Constitución convertida en escenografía?
La persona primero: la mirada bioética personalista
Es aquí donde la bioética personalista entra en escena, no como un lujo académico, sino como brújula moral.
Este enfoque parte de una afirmación radical y sencilla:
“La persona humana, cada persona concreta, es fin en sí misma; nunca simple medio al servicio de un proyecto, de un partido o de un Estado”.
Cuando miramos la realidad política con esta lente, muchas máscaras se caen.
Un sistema es injusto si:
- Utiliza al ciudadano como masa a movilizar.
- Lo seduce con promesas que sólo buscan perpetuar a quienes mandan.
- Lo divide en colectivos enfrentados.
- Le promete derechos mientras le roba poder real de decisión.
- Lo exprime como contribuyente mientras lo trata como sospechoso o menor de edad.
Desde la bioética personalista, la Constitución no es un tótem sacralizado ni un papel para manipular a placer: es un pacto de servicio a la persona. Todo lo que fortalezca su dignidad, su libertad responsable, su capacidad de participar en el bien común, merece ser defendido y reformado con prudencia. Todo lo que la degrade a engranaje manejable, aunque se disfrace de justicia social o de modernidad, merece ser desenmascarado.
Los contrapesos de poder no son una manía de juristas; son muros éticos para que ningún poder pueda devorar al individuo. El Estado del bienestar no es moral si se financia destruyendo al que crea riqueza y si reparte privilegios como recompensa al servilismo. Y una “asamblea constituyente” no es un sacramento democrático si nace ya inclinada a blindar a los que la convocan.
Epílogo: el verdadero aniversario
Quizá el verdadero 50 aniversario de la Constitución no se juegue en los discursos oficiales, sino en un examen de conciencia silencioso que cada ciudadano haga frente al espejo.
Preguntarse:
– ¿Sigo viendo en la Constitución un muro que me protege, o un decorado vacío?
– ¿Defiendo la separación de poderes porque es elegante, o porque sé que sin ella mi dignidad peligra?
– ¿Estoy dispuesto a entregar mi libertad real a cambio de que me prometan seguridad, subsidios o causas grandilocuentes?
Si respondemos desde la comodidad, la Constitución se morirá lentamente, embalsamada en actos institucionales.
Si respondemos desde la dignidad, quizá aún estemos a tiempo de algo más grande: reconquistar la Constitución desde la persona, recordar que la política está para servir al ser humano concreto y no para moldearlo a imagen de ningún proyecto total.
Porque el verdadero aniversario no es contar años de un texto, sino medir cuánta verdad queda en su promesa. Y la promesa de 1978, mirada desde la bioética personalista, sigue siendo tan clara como exigente:
Ninguna mayoría, ningún partido, ninguna “refundación” tiene derecho a usar al ciudadano como instrumento.
El Estado existe para la persona; cuando se olvida esto, lo que empieza no es una nueva democracia, sino el preludio de la servidumbre.
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