La palabra como conciencia
De Quintiliano a Wittgenstein, pasando por Lapesa Por Dionisio Martos Medina En un tiempo en que la palabra se ha vuelto ligera como un clic y efímera como un tuit, conviene recordar a quienes la consideraron una forma de vida. Quintiliano, en su Institutio Oratoria, enseñaba que el orador perfecto debía ser ante todo “vir bonus dicendi peritus”: un hombre bueno que sabe hablar bien. La elocuencia, decía, no consiste en adornar el discurso, sino en hacer del lenguaje una manifestación de la virtud. Siglos después, Wittgenstein, encerrado entre cuadernos y paradojas, llegaría a una conclusión que parece opuesta y, sin embargo, la complementa: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.” El filósofo vienés comprendió que no hablamos de la realidad, sino que la configuramos. El lenguaje no solo expresa lo que somos, sino que determina cómo somos capaces de pensar, de amar, de sufrir o de justificar. Y entre ambos, como puente y conciencia histórica, surge la fig...