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Mostrando entradas de noviembre, 2025

La palabra como conciencia

​ De   Quintiliano a Wittgenstein, pasando por Lapesa  Por Dionisio Martos Medina En un tiempo en que la palabra se ha vuelto ligera como un clic y efímera como un tuit, conviene recordar a quienes la consideraron una forma de vida. Quintiliano, en su Institutio Oratoria, enseñaba que el orador perfecto debía ser ante todo “vir bonus dicendi peritus”: un hombre bueno que sabe hablar bien. La elocuencia, decía, no consiste en adornar el discurso, sino en hacer del lenguaje una manifestación de la virtud. Siglos después, Wittgenstein, encerrado entre cuadernos y paradojas, llegaría a una conclusión que parece opuesta y, sin embargo, la complementa: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.” El filósofo vienés comprendió que no hablamos de la realidad, sino que la configuramos. El lenguaje no solo expresa lo que somos, sino que determina cómo somos capaces de pensar, de amar, de sufrir o de justificar. Y entre ambos, como puente y conciencia histórica, surge la fig...

Fortuna y Envidia: las dos soberanas del mundo

Ensayo orteguiano sobre el azar y la comparación Por Dionisio Martos Medina “Vivir es decidir lo que se va a ser.” — José Ortega y Gasset I. El mundo bajo el imperio de lo irracional Decía el canto medieval: *Fortuna Imperatrix Mundi*. La Fortuna, emperatriz del mundo. Con esa sentencia los hombres del Medioevo reconocían una verdad que el racionalismo moderno ha querido negar: que la vida no se gobierna desde la razón, sino desde el azar. La rueda de la Fortuna gira, ciega e impasible, arrastrando a reyes y mendigos. No hay mérito que la detenga ni virtud que la apele. El hombre orteguiano —ese *yo con mi circunstancia*— sabe que no elige el punto de partida de su vida: nace en un siglo, una familia, un paisaje que no escogió. Ésa es su Fortuna, su circunstancia inevitable. Pero en esa aceptación comienza la libertad: la tarea de hacer algo propio con aquello que nos fue dado. II. Cuando el hombre deja de ser proyecto Ortega vio con clarividencia que el drama de la modernidad no era...