RITO DE MISA, RITO DE CORRIDA DE TOROS, UNA INTERPRETACIÓN TURNERIANA
Por Dionisio Martos Medina. dmartos@telefonica.net
En la plaza —como en el templo— el hombre entra distinto a como salió de casa. No lo sabe del todo, pero lo presiente. Hay un umbral invisible que separa lo cotidiano de lo solemne. Y al cruzarlo ya no manda el reloj, sino el rito.
Victor Turner, que miraba la vida como quien mira una ceremonia sin quedarse en el ornamento, diría que aquí comienza la fase liminal: ese territorio extraño donde el individuo deja de ser “uno” para convertirse en “parte”. La calle queda atrás; la plaza y la iglesia abren delante un espacio de excepción. Un lugar donde, por unas horas, el mundo se suspende con la misma naturalidad con la que se enciende una vela.
Empieza la liturgia con el paseíllo, que es la forma española de decir: “aquí estamos”. En la Misa, el equivalente tiene música de canto de entrada, procesión y, frente a la asamblea, palabras de saludo. Se presentan los oficiantes, se reconoce a la asamblea, se declara el marco. Y el público, que venía como quien viene a muchas cosas a la vez, comienza a recordar —sin darse cuenta— que ha venido a una sola.
En ese primer tramo todo parece amable… y sin embargo ya se está decidiendo lo esencial. Porque el rito no empieza cuando ocurre lo grande, sino cuando la comunidad se deja domesticar por el orden extraordinario. Lo demás es romanticismo.
Luego llega la preparación del alma. En la Misa se llama acto penitencial: el hombre reconoce su grieta en la conciencia sin exhibicionismo. En la plaza, ese despojamiento adopta forma de capote: los primeros lances que no buscan el triunfo, sino la verdad del animal. Antes de mandar hay que escuchar. Antes de hacer obra, hay que saber con qué materia se trabaja.
Y aquí asoma la sonrisa de Iago, ese gran villano inteligente y manipulador de la tragedia Otelo, personaje creado por William Shakespeare, con su sonrisa discreta como una daga pequeña: porque el rito, por solemne que sea, siempre tiene un lado humano… demasiado humano. Siempre hay alguien que viene a rezar para que le vean rezar. Y siempre hay quien viene a los toros aplaudiendo ya antes de que el toro enseñe el alma. Son devotos del gesto, no del fondo. Pero el rito, que es más viejo que su vanidad, termina poniendo a cada cual en su sitio.
En la Misa llega la Liturgia de la Palabra: lecturas que hablan del miedo, la culpa, la misericordia, la esperanza. En la plaza llega el tercio de varas: se revela el toro verdadero. Turner lo llamaría el instante del drama social en su fase cruda: aparece el conflicto, se manifiesta la tensión, se muestra la estructura. Porque aquí se sabe si hay fuerza o hay fachada; si hay fondo o sólo hay bravura prestada. La embestida, por una vez, es más sincera que el lenguaje.
Después llega el tramo coral. En la iglesia, la oración de los fieles convierte a la asamblea en comunidad activa: ya no se mira; se participa. En la plaza, las banderillas tienen esa función de coralidad: la cuadrilla pone el cuerpo, ordena el aire, y la plaza toma partido. Turner le habría puesto nombre: communitas, esa fraternidad momentánea que nace cuando una multitud deja de ser suma partes y se vuelve único organismo.
Y es entonces cuando el rito pide su centro, su lugar más alto: la Liturgia de la Eucaristía en el templo, la muleta en la plaza. En ambos casos se intenta lo mismo: dar forma a lo que, sin forma, sería puro caos.
La muleta no es un trapo: es una gramática. El torero no mueve tela: mueve sentido. Y el sacerdote, cuando prepara el altar, no coloca objetos: coloca un relato que la comunidad reconoce como esencia pura y definitivo. En uno y otro lugar se construye una obra que exige una condición única: verdad.
Y Iago, nuestro vanidoso amigo, si estuviera en el tendido —y lo estaría, porque a ese hombre le gustaban los teatros del alma— susurraría que lo más fácil aquí es engañar: engañar con emoción barata, con música, con gesto, con ademán. Pero hay un problema para el tramposo: el rito, como el toro y como la conciencia, detecta el fraude con una precisión humillante. A la verdad se la puede retrasar, pero no se la puede ni jubilar ni negar.
Y llega el punto sin retorno. En la Misa, la consagración: no es espectáculo ni metáfora; es misterio. En la plaza, la estocada: el instante donde el arte deja de ser figura y se vuelve decisión. Turner diría que es el momento de mayor densidad simbólica: la culminación del pasaje. El sacrificio ritual —en sentido antropológico— como cierre necesario para que el proceso tenga sentido completo.
A partir de ahí todo cambia. En la iglesia, la comunión sella interiormente lo vivido. En la plaza, el arrastre, los trofeos o el silencio cumplen la misma función social: la comunidad juzga. Y ese juicio no es un simple veredicto estético; es una forma de ordenar el mundo por unas horas: decir “esto fue verdadero” o “esto fue humo”.
Por fin llegan los ritos finales. El sacerdote despide: “podéis ir en paz”. El torero cruza la puerta de cuadrillas. Turner lo llamaría la fase de reincorporación: se vuelve al orden ordinario, pero con algo adherido al alma. Se regresa con el cuerpo intacto o cansado, pero con la conciencia tocada por una evidencia vieja: que hay momentos donde el hombre se mide con algo que no controla.
Y al final, en España, el rito —sea del altar o del ruedo— hace lo que siempre ha hecho: convertir una multitud en comunidad, elevar lo cotidiano a símbolo, y recordar al hombre que vivir no es sólo pasar: es pasar por algo que te obliga a ser más serio de lo que te permite tu comodidad.
Claro que siempre habrá un Iago en el tendido, con su inteligencia fría, diciendo que todo esto son cuentos para pobres de espíritu. Y quizá tenga razón… en parte. Pero mientras lo dice, no se da cuenta de que el rito ya lo ha metido dentro. Y eso es lo más irónico: hasta el cínico acaba participando. Porque nadie entra del todo limpio en un espacio sagrado. Y nadie sale del todo igual cuando ha visto —aunque sea de reojo— el rostro de la verdad
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