Cuando el verbo se vuelve niebla
Una mirada antropológica al lenguaje que no dice
Por Dionisio Martos Medina
Hay épocas que se reconocen por sus edificios, por su música o por su forma de vestir. Y hay otras —la nuestra, sin duda— que se delatan por las palabras que usan para no decir nada. Poner en valor y educación para la salud no son simples expresiones de moda: son fósiles vivos de una cultura que ha aprendido a hablar sin comprometerse.
Desde la antropología social, el lenguaje no es inocente. No sirve solo para describir el mundo: sirve para organizarlo, justificarlo y, a veces, ocultarlo. Cuando una sociedad sustituye verbos concretos (restaurar, cuidar, informar, prevenir, enseñar) por fórmulas vaporosas, no está empobreciendo el estilo: está protegiéndose moralmente.
“Poner en valor” es una expresión perfecta para nuestro tiempo: nadie puede estar en contra. No implica coste, ni método, ni resultado. No exige explicar cómo, con qué ni para qué. Es el equivalente lingüístico del gesto solemne sin obra detrás. Un conjuro administrativo que tranquiliza conciencias y llena memorias justificativas.
Algo parecido ocurre con la omnipresente “educación para la salud” cuando se usa como comodín. Educar suena noble, casi pastoral. Pero muchas veces encubre una renuncia a decir cosas incómodas: advertir, prohibir, responsabilizar, medir resultados. Se educa, sí… pero ¿a quién?, ¿sobre qué?, ¿con qué evidencia?, ¿con qué indicadores de cambio real?
Estas expresiones funcionan también como credenciales tribales. Quien las maneja demuestra pertenecer al ecosistema institucional correcto: administración, academia, consultoría, sanidad, cultura subvencionada. No importa tanto lo que se haga como hablar el dialecto adecuado. El lenguaje se convierte así en capital simbólico.
El resultado es una sociedad que ha desplazado el centro de gravedad del hacer al declarar. Importa más que algo sea enunciable, presentable y “auditado en PDF” que eficaz en la realidad. Vivimos rodeados de planes, estrategias y jornadas… y escasos de acciones concretas nombradas con verbos precisos.
Por eso señalar estas palabras no es manía filológica ni nostalgia de gramático gruñón. Es una forma de higiene cívica. Nombrar bien es asumir responsabilidad. Llamar a las cosas por su nombre obliga a rendir cuentas.
Cuando el verbo se vuelve niebla, la responsabilidad se vuelve humo.
Y una sociedad que se acostumbra al humo acaba respirando muy mal.
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