Borriquilla y Buey. Camino y Surco.
Dominio, Responsabilidad, Trabajo, Oración y Optimismo.
Camino de Santidad.
Por Dionisio Martos Medina
«La borriquilla en su Camino nos enseña que Dios no espera héroes extraordinarios, sino hombres y mujeres corrientes que hagan extraordinariamente bien lo ordinario».
«El buey al arar el Surco nos muestra qué es la espiritualidad del esfuerzo callado: no empezar muchas veces, sino perseverar una sola, hasta el final».
Ambas frases podrían leerse, sin forzarlas, a la luz del portal de Belén. Allí no hay épica ruidosa ni gestos deslumbrantes. Hay una borriquilla y un buey. Y basta.
La borriquilla es Camino. No brilla, no se impone, no acelera. Lleva lo justo y avanza paso a paso. Hace posible el trayecto: Nazaret, Belén, Egipto. No protagoniza nada, pero sin ella no habría historia. Es la imagen perfecta de lo ordinario bien hecho: cargar, caminar, resistir. La santidad que propone Camino no exige hazañas, sino fidelidad en lo pequeño, constancia sin aplauso, obediencia a lo real.
El buey es Surco. No se mueve mucho, pero sostiene. Aporta el calor en la noche, la fuerza que empuja, el trabajo repetido que no se ve. No inaugura caminos: los profundiza. El surco no nace del entusiasmo, sino del arado que vuelve a pasar por el mismo sitio. El buey no empieza mil veces; persevera una sola, hasta que la tierra queda abierta y fértil.
Juntos, borriquilla y buey explican una espiritualidad completa.
El caminar humilde y el empuje constante.
El comenzar sencillo y el permanecer fiel.
En Belén no hay héroes, pero hay santidad operativa. No hay discursos, pero hay vida entregada. Dios entra en la historia apoyándose en lo que el mundo considera poco: un animal de carga y un animal de trabajo. Y con eso le basta.
Quizá por eso el mensaje es tan incómodo como luminoso:
la redención no empieza con gestas extraordinarias,
sino con lo ordinario bien hecho
y con el esfuerzo callado que no abandona.
Comentarios
Publicar un comentario