Fortuna y Envidia: las dos soberanas del mundo

Ensayo orteguiano sobre el azar y la comparación

Por Dionisio Martos Medina

“Vivir es decidir lo que se va a ser.” — José Ortega y Gasset


I. El mundo bajo el imperio de lo irracional

Decía el canto medieval: *Fortuna Imperatrix Mundi*. La Fortuna, emperatriz del mundo. Con esa sentencia los hombres del Medioevo reconocían una verdad que el racionalismo moderno ha querido negar: que la vida no se gobierna desde la razón, sino desde el azar.

La rueda de la Fortuna gira, ciega e impasible, arrastrando a reyes y mendigos. No hay mérito que la detenga ni virtud que la apele.


El hombre orteguiano —ese *yo con mi circunstancia*— sabe que no elige el punto de partida de su vida: nace en un siglo, una familia, un paisaje que no escogió. Ésa es su Fortuna, su circunstancia inevitable. Pero en esa aceptación comienza la libertad: la tarea de hacer algo propio con aquello que nos fue dado.

II. Cuando el hombre deja de ser proyecto

Ortega vio con clarividencia que el drama de la modernidad no era la escasez de libertad, sino su mala administración. El hombre masa, satisfecho y sin altura, ha dejado de ser proyecto para convertirse en queja.

No mira hacia su destino, sino hacia el vecino; no se pregunta qué puede hacer, sino qué tiene el otro.


Ahí nace la otra emperatriz, más reciente y más sutil: *Invidia mundum movet* —la envidia mueve el mundo.


La envidia no es ya un pecado, sino el combustible moral de la sociedad contemporánea. Alimenta las redes, las tribunas y los púlpitos laicos de nuestra época. La envidia es el modo en que el hombre mediocre reacciona ante el azar que no comprende: si no puede gobernar su destino, tratará de empequeñecer el ajeno.

III. Fortuna, lo trágico; Envidia, lo mezquino

La Fortuna, en su ceguera, es trágica: eleva y destruye sin intención, pero su inconstancia despierta en el hombre la conciencia de su límite.

La Envidia, en cambio, es mezquina: no proviene del azar, sino de la comparación; no derriba por destino, sino por resentimiento.


El hombre antiguo temía a la Fortuna y la honraba, porque sabía que no podía dominarla. El hombre moderno desprecia a la Fortuna y adora la Envidia, porque cree que todo lo merece.

Y así, el mundo se ha llenado de gentes sin tragedia y sin grandeza, pero repletas de agravio y siervos de la frase “yo también tengo derecho a tener….” A tener de todo a cambio solo de ser persona, peeero sin obligaciones”.

IV. Dos reinas y un trono vacío

Si la Fortuna reina sobre lo que nos ocurre y la Envidia sobre lo que sentimos, ¿quién gobierna lo que hacemos?

En el pensamiento de Ortega, esa soberanía solo pertenece al yo que elige su destino.

Mientras el hombre viva a la altura de su circunstancia —aceptando la Fortuna, despreciando la Envidia—, el mundo conservará una geometría de sentido.

Pero cuando abdica de su proyecto vital, deja el trono vacío, y entonces reinarán Fortuna y Envidia: la una como destino, la otra como venganza.

V. Epílogo

La rueda de la Fortuna seguirá girando, y la envidia seguirá zumbando entre los hombres como un viento agrio.

Pero todavía cabe el heroísmo silencioso de quien se sabe dueño de su actitud ante el azar.

Porque —diría Ortega— “vivir es decidir lo que se va a ser”.

Y esa decisión, aunque humilde, es el único acto verdaderamente soberano frente a las dos emperatrices del mundo.


Nota orteguiana: Inspirado en las ideas de José Ortega y Gasset expresadas en *El tema de nuestro tiempo* (1923) y *La rebelión de las masas* (1930), donde el hombre se concibe como proyecto vital enfrentado a su circunstancia y al poder nivelador de la masa.

Análisis desde la Bioética Personalista

El pensamiento orteguiano, aunque no formulado explícitamente en los términos contemporáneos de la bioética personalista, converge con muchos de sus principios fundamentales. Ambos colocan al ser humano en el centro del juicio moral, reconociendo su dignidad como valor ontológico y su libertad como vocación. Analizar el diálogo entre *Fortuna Imperatrix Mundi* e *Invidia mundum movet* desde este marco permite reinterpretar la tensión entre destino y comparación no como fatalismo, sino como desafío ético.

I. La Fortuna como circunstancia biográfica y ontológica

Desde la bioética personalista, la Fortuna representa el conjunto de condiciones vitales que el ser humano no elige: su corporeidad, su historia genética, su entorno familiar y cultural.

Estas condiciones no determinan moralmente al sujeto, sino que constituyen el escenario de su libertad.

La ética personalista enseña que el valor del hombre no radica en el éxito o el azar de su biografía, sino en su capacidad para autodeterminarse moralmente dentro de su circunstancia.

Así, la *Fortuna* no es condena, sino materia prima del proyecto personal.

II. La Envidia como negación del reconocimiento del otro

La *Invidia mundum movet* encuentra su raíz moral en el olvido del valor del otro como persona.

El envidioso no desea el bien propio, sino el mal ajeno; no busca la plenitud, sino la nivelación por destrucción.

Desde la bioética personalista, la envidia es una patología de la relacionalidad: niega la alteridad y convierte al otro en medida o amenaza.

En lugar de reconocerlo como “alguien” —portador de dignidad y vocación—, lo reduce a “algo” que obstaculiza la propia afirmación.

Por eso, la envidia es una forma de despersonalización moral, contraria al principio del bien integral de la persona.

III. Fortuna, libertad y responsabilidad

El personalismo sostiene que el hombre no puede ser reducido ni al determinismo del azar ni al impulso pasional.

Frente a la Fortuna (determinismo externo) y la Envidia (determinismo interno), la respuesta ética es la libertad responsable.

Cada persona está llamada a asumir su circunstancia como tarea, no como excusa.

De ahí que el acto ético supremo consista en transformar lo recibido en vocación: hacer del azar un sentido, y de la comparación una comunión.

IV. La ética del reconocimiento

El personalismo cristiano —de Mounier, Wojtyła o Sgreccia— enseña que la verdadera humanización surge del reconocimiento recíproco:

“yo soy porque tú eres”.

Frente al mundo movido por la envidia, la bioética personalista propone una antropología de la donación: el hombre se realiza cuando se entrega, no cuando se compara.

En esta visión, la *Fortuna* no es rival de la libertad, sino su condición; y la *Envidia* no es motor del mundo, sino su enfermedad moral.

Conclusión

Desde la mirada de la bioética personalista, el diálogo entre *Fortuna Imperatrix Mundi* e *Invidia mundum movet* se resuelve en una ética de la responsabilidad y la alteridad.

El hombre no puede elegir su fortuna, pero puede decidir su actitud ante ella; no puede evitar sentir la comparación, pero puede sublimarla en admiración.

Solo así se restablece el orden moral del mundo: no bajo el imperio de la Fortuna ni el movimiento de la Envidia, sino bajo la soberanía de la Persona.


Referencia conceptual: Elio Sgreccia, *Manual de Bioética. Fundamentos y ética biomédica*, BAC, Madrid, 2014.

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