¿Al lado de Palestina o al lado de Israel?
Una reflexión desde la bioética personalista
Por Dionisio Martos Medina
La pregunta parece obligar a escoger bando, como si la tragedia humana pudiera dividirse entre banderas. Pero la bioética personalista, al situar en el centro la dignidad ontológica de la persona —de toda persona, sea israelí o palestina, creyente o atea—, no acepta esa lógica de bloques. Su lugar no está “con” una parte, sino con la persona humana sufriente, independientemente del bando que la oprima o del uniforme que la mate.
1. El principio de dignidad personal
Según Elio Sgreccia, la persona es un ser dotado de valor absoluto por su sola existencia. Ninguna causa política, religiosa ni territorial puede justificar su destrucción. Desde esta premisa, tanto el terrorismo de Hamás —al utilizar a civiles como escudos y al atacar deliberadamente a inocentes— como los bombardeos indiscriminados que provocan víctimas civiles en Gaza constituyen una violación del principio de dignidad. La bioética personalista condena ambos actos por igual, porque no mide las vidas en razón de su nacionalidad, sino de su condición humana.
2. El principio de totalidad y defensa legítima
El principio de totalidad permite, en ciertos casos, la defensa proporcional ante una agresión injusta. Israel tiene derecho a defender a sus ciudadanos de los ataques terroristas; sin embargo, ese derecho no se convierte en licencia para dañar de modo desproporcionado a población civil. Cuando la respuesta defensiva destruye hospitales, escuelas o familias completas, se desborda el límite ético y se incurre en lo que Sgreccia denomina violación del principio de proporcionalidad del bien común. La bioética personalista no niega el derecho a la legítima defensa, pero exige que esta nunca degrade la dignidad de los inocentes, porque el fin (la seguridad) no justifica los medios (la muerte de no combatientes).
3. El principio de solidaridad
La solidaridad, en clave personalista, no es simpatía política ni adhesión a un grupo, sino responsabilidad compartida por el destino del otro. Implica ver al enemigo como persona antes que como amenaza. De ahí que el bioeticista personalista no “se ponga del lado” de Israel ni de Hamás, sino del lado de cada niño que muere bajo las bombas, de cada rehén, de cada familia desplazada. La solidaridad verdadera exige construir puentes entre los hombres, no trincheras entre pueblos.
4. El principio de subsidiariedad y la responsabilidad internacional
El personalismo cristiano también reclama el ejercicio del principio de subsidiariedad, según el cual las instancias superiores (organismos internacionales, naciones poderosas) deben intervenir cuando los niveles inferiores (los estados en conflicto) no son capaces de proteger la vida y los derechos humanos. Desde esta perspectiva, la pasividad o la ambigüedad de la comunidad internacional ante los crímenes cometidos por ambos bandos constituye una forma de omisión ética: la indiferencia también mata.
5. La paz como exigencia ontológica
Para el personalismo, la paz no es la simple ausencia de guerra, sino la armonía justa de las relaciones humanas fundada en la verdad y el respeto mutuo. Por eso, la pregunta “¿con quién estás?” debe transformarse en “¿a favor de quién sufres?”. El bioeticista personalista sufre con la persona concreta: con el niño israelí que tiembla en un refugio y con la madre palestina que busca a su hijo entre los escombros. El único bando legítimo es el de la vida, el único enemigo ético es la muerte inocente.
Conclusión
La bioética personalista no legitima el terrorismo ni la guerra preventiva, porque ambas despersonalizan al ser humano. Su postura no es neutralidad cobarde, sino fidelidad activa al principio de que toda vida humana, sin distinción, es sagrada. Por tanto, quien se sitúa en la perspectiva personalista no está ni con Hamás ni con Israel: está con la humanidad que ambos olvidan cuando convierten la tierra prometida en un cementerio.
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