Tecnoética en medicina satisfactiva
¿Suplantación del envejecimiento digno?
Por Dionisio Martos | Ética Personalista y Bioética Clínica
Vivimos una época en la que la medicina ya no se limita a curar enfermedades o aliviar el sufrimiento, sino que, empujada por el vertiginoso desarrollo tecnológico y por una cultura del rendimiento y la juventud eterna, parece tener una nueva misión: suprimir los signos del paso del tiempo y fabricar una salud “satisfactiva” según criterios de mercado y de deseo subjetivo. En este contexto, la tecnoética —el análisis moral del uso de tecnología aplicada a la salud— ha ido ganando protagonismo. Pero… ¿a costa de qué?
Desde la ética personalista, que reconoce en cada ser humano una dignidad inviolable desde la concepción hasta la muerte natural, esta transformación plantea serios interrogantes. ¿Es aceptable que la vejez se convierta en un “fallo técnico”? ¿Debemos combatir la decadencia física como si fuera un enemigo a eliminar, o integrarla en la historia personal como parte del sentido de vivir?
1. Tecnoética sin antropología: cuando la técnica se convierte en ética
La llamada “medicina satisfactiva” es aquella que ya no se orienta por el bien del paciente como persona, sino por la realización de sus deseos (reales o inducidos): rejuvenecer, suprimir toda dependencia, editar el genoma, evitar la muerte incluso a costa de la vida digna. Esta corriente tecnoética suele adoptar una visión funcionalista y utilitarista del cuerpo humano, donde lo que no funciona se repara, y lo que envejece se reemplaza, como si se tratara de una máquina.
Pero desde una ética personalista, esto reduce la identidad humana a su dimensión biotecnológica, perdiendo de vista el valor intrínseco del sujeto. El cuerpo no es un objeto del que disponemos, sino la expresión concreta de la persona que somos. Instrumentalizar el cuerpo envejecido para mantener una apariencia de juventud eterna es, en cierto modo, negar el valor narrativo del propio cuerpo y la belleza moral del envejecer.
2. La dignidad del envejecimiento: no es una obsolescencia, es plenitud.
El envejecimiento digno no consiste en una mera prolongación de los años, ni en el encarnizamiento tecnocrático del bienestar, sino en acompañar al ser humano en la fase terminal de su historia, reconociendo su valor, su fragilidad y su trascendencia. La medicina debe estar al servicio de este acompañamiento, no del espectáculo de la eterna juventud ni del desecho de los cuerpos “ineficientes”.
Cuando la tecnoética se separa de una antropología centrada en la persona, se desliza hacia una eugenesia encubierta, donde el ideal no es la dignidad sino la optimización. Y así, los ancianos ya no son sabios a los que cuidar, sino cargas a gestionar, cuerpos a optimizar o, peor aún, candidatos a la eutanasia por “calidad de vida” insuficiente.
3. ¿Satisfacción o sentido? El gran dilema
La ética personalista no está en contra del uso de la tecnología en medicina —muy al contrario, la valora como un instrumento poderoso al servicio de la vida—, pero advierte que toda técnica debe ser subordinada al bien integral de la persona, y no a la satisfacción inmediata o a los dictados de la cultura consumista.
El problema de fondo no es técnico, sino moral: ¿queremos una medicina que prolongue el cuerpo, o una que acompañe al alma? ¿Queremos vivir más… o vivir mejor, con sentido, en comunidad, reconciliados con el límite?
Conclusión
La tecnoética, si no está anclada en una ética personalista, puede convertirse en una ética de la apariencia y de la productividad, desplazando la noción de envejecimiento como una etapa valiosa, plena y profundamente humana. Frente a ello, urge recuperar una medicina centrada en el cuidado, en el respeto por la historia personal, en la ternura hacia la fragilidad, y en la defensa de una dignidad que no caduca con los años.
Porque no hay mayor progreso que aprender a envejecer juntos, humanamente, sin miedo, sin engaños y sin abandonos.
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