Tauromaquia, una escuela de vida
¿Por qué una “Escuela de Vida”?
Por Dionisio Martos
En tiempos donde el riesgo se evita y el dolor se censura, resulta paradójico —incluso escandaloso para algunos— que la bioética personalista, que sitúa la dignidad de la persona como eje fundamental de toda reflexión moral, pueda aceptar, e incluso valorar, la tauromaquia. ¿Cómo se concilia el respeto a la vida con una práctica en la que el riesgo de muerte para el torero está presente en cada pase?
La respuesta no reside en el olvido del riesgo, sino en su comprensión desde una clave profundamente humana y ética.
1. El valor moral del riesgo asumido libremente
La ética personalista parte de una verdad radical: el ser humano es libre. En la plaza, el torero no es una víctima ni un temerario; es un sujeto consciente que asume un riesgo elevado, sí, pero con sentido. Su gesto no es un acto suicida ni un simple espectáculo: es una elección ética, estética y existencial.
Como el médico que entra en una zona de guerra, el bombero que se adentra en el incendio, o el soldado que defiende un ideal, el torero se expone voluntariamente. Y ahí reside la clave: el riesgo éticamente asumido por amor a algo superior —el arte, la verdad, la tradición— dignifica, no degrada.
2. La tauromaquia como formación del carácter: una paideia
La corrida no es solo lucha, es rito. El ruedo es un espacio simbólico donde se escenifica la fragilidad humana frente a la fuerza bruta de la naturaleza. La bioética personalista, que reconoce en el sufrimiento una vía de crecimiento y de revelación del alma, encuentra en la tauromaquia un lenguaje pedagógico de valores:
- El dominio del miedo.
- La elegancia en la adversidad.
- La entrega incluso cuando se sabe vulnerable.
En un mundo que idolatra la comodidad, la figura del torero recuerda que la libertad no consiste en elegir lo fácil, sino en ser dueño de uno mismo frente al riesgo, frente al miedo, frente a la muerte.
3. El cuerpo como lenguaje ético y estético
Lejos de cosificar el cuerpo, el toreo lo sublima. La bioética personalista, que entiende que el cuerpo no es una cosa sino parte constitutiva del ser personal, contempla con respeto la forma en que el torero transforma su corporalidad en un acto comunicativo:
- Cada pase es un gesto cargado de significado.
- Cada movimiento habla de dominio, armonía, inteligencia.
- El cuerpo deja de ser biología para convertirse en símbolo, en arte, en verdad.
El torero no se exhibe, se ofrece. No presume de fuerza, se entrega a la belleza. Y esa donación es profundamente ética.
4. Contra la visión utilitarista de la existencia
Vivimos en una época donde todo debe justificar su utilidad, y donde el sufrimiento ha de ser eliminado a toda costa. Desde esta óptica, la tauromaquia —como tantas formas del esfuerzo y del arte— parece absurda, incluso cruel.
Pero la bioética personalista recuerda que:
- La vida no se agota en la utilidad;
- El hombre no es solo sujeto de placer o dolor, sino ser capaz de dar sentido al sufrimiento;
- Lo más humano no es evitar la muerte, sino darle forma, dotarla de un sentido trascendente.
Por eso, el toreo puede ser visto como una “escuela de vida”: porque enseña a afrontar lo trágico, a mirar de frente la muerte, a no ceder al miedo y a vivir con valentía y dignidad.
Referencias
- Sgreccia E. Manual de bioética. Madrid: Palabra; 2003.
- Meyer JM. La persona o el sujeto moral. Madrid: Palabra; 1991.
- Ortega y Gasset J. La caza y los toros. Madrid: Revista de Occidente; 1946.
- Leiris M. La corrida. Barcelona: Muchnik; 1990.
- Wolff F. Filosofía de las corridas de toros. Madrid: Alianza Editorial; 2010.
“Si el ruedo es una escuela, el torero es su maestro. Y como todo maestro verdadero, no enseña desde la teoría, sino desde la entrega. Porque vivir de verdad no es durar, es ofrecerse con sentido, belleza y coraje”.
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