El edadismo, ese gran fraude contra la dignidad del mayor

Porque un corazón ha latido más, no merece menos”: Contra la tiranía del edadismo

Por Dionisio Martos

En un rincón olvidado de la modernidad, late aún con fuerza un corazón que ha vivido más. Ha sentido más primaveras, ha sufrido más inviernos, ha amado, ha perdido, ha luchado. Y sin embargo, hoy ese corazón —por el simple hecho de haber latido más— es menos escuchado, menos atendido, menos protegido. Es una víctima silenciosa de una nueva forma de tiranía: el edadismo, hijo bastardo de una ética utilitarista que mide el valor humano por su productividad, su juventud o su “utilidad social”.

El anciano ya no es, para muchos, una persona plena, sino una carga, una molestia, una estadística incómoda. Se le arrincona en hospitales colapsados, se le administra atención mínima, se le niega tratamiento con criterios que —aunque maquillados de protocolos— ocultan un trasfondo aterrador: el de una sociedad que ha perdido el sentido de la dignidad humana.

Y todo porque su corazón ha latido más.

Porque ha vivido más.

Porque “ya ha tenido bastante”.

¿Bastante de qué?

¿De existir? ¿De amar? ¿De tener derechos?

Desde la bioética personalista, esto no solo es un error antropológico: es una aberración moral. Cada persona, desde el primer latido hasta el último suspiro, posee una dignidad intrínseca e inviolable. No es su edad, ni su salud, ni su aportación fiscal la que fundamenta su valor, sino su mera condición de ser humano.

Rechazar el edadismo es una obligación ética. Es rebelarse contra esa lógica perversa que convierte la vida humana en un bien transaccional. Es afirmar con claridad que la dignidad no caduca, no envejece, no se amortiza.

Frente al utilitarismo, reivindiquemos la ética del cuidado. Frente a la cultura del descarte, proclamemos la cultura del respeto. Porque si hoy toleramos que se margine al que ha vivido más, mañana aceptaremos que se descarte al que ha vivido menos. Y ese será el final del humanismo.

Porque un corazón que ha latido más, merece más amor, más respeto, y nunca menos derechos.


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