De la “cultura de la muerte” al tabú de la muerte
Una sociedad hedonista y tanatofóbica
por Dionisio Martos
Vivimos en una paradoja: hablamos sin pudor de eutanasia, aborto, suicidio asistido o criogenización, pero somos incapaces de acompañar con dignidad a un moribundo. Nos jactamos de una “cultura de la muerte”, pero no soportamos mirar de frente a la muerte. La nuestra no es una sociedad amiga de la muerte, sino tanatófoba —la teme, la esconde, la silencia— y, a la vez, edonista —adora el placer, la juventud, el cuerpo y la anestesia emocional.
El hedonismo posmoderno nos impulsa a buscar experiencias instantáneas, sin sufrimiento, sin espera, sin dolor. Pero cuando la enfermedad, el envejecimiento o la muerte llaman a la puerta, se revela nuestra desnudez ética y cultural: no sabemos qué hacer con el sufrimiento ni con el ocaso. Preferimos eliminar al moribundo antes que acompañarlo. Preferimos negar la decadencia física antes que integrarla como parte de la vida.
La cultura de la muerte, tal como la definió Juan Pablo II, no consiste en amar la muerte, sino en banalizarla hasta convertirla en un trámite clínico o legal. En nombre de la libertad, se legisla la muerte como opción “digna”, sin preguntarnos qué es realmente digno para el ser humano. En nombre de la autonomía, se desconecta al enfermo, al anciano o al nonato de su vínculo con la comunidad humana. Morir deja de ser un proceso vital y se convierte en una decisión administrativa.
Pero esta cultura de la muerte convive, contradictoriamente, con una sociedad tanatofóbica: la muerte no tiene espacio ni tiempo. Ha sido expulsada del hogar, del lenguaje y del imaginario colectivo. Se muere en hospitales asépticos, se habla en eufemismos (“se nos fue”, “nos dejó”), se celebran funerales laicos sin trascendencia ni duelo. La muerte no se asume, se maquilla.
Así, al eliminar los rituales, los silencios, la mirada compasiva y la compañía fiel en el final de la vida, hemos deshumanizado la muerte. Y al deshumanizar la muerte, deshumanizamos también la vida. Porque sólo quien acepta la muerte como parte de su existencia puede vivir con plenitud, con sentido y con responsabilidad.
La bioética personalista propone otro camino: ni encarnizamiento terapéutico, ni eliminación del débil; ni culto al placer, ni negación del dolor. Sino la afirmación del valor absoluto de la vida humana en todas sus fases, incluso en la fragilidad. No es la muerte la que humaniza, sino la forma en que la vivimos y la acompañamos. Redescubrir la dignidad del morir es, en última instancia, redescubrir la dignidad del vivir.
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